Durante décadas, para miles de chicos argentinos, las vacaciones en la costa incluyeron una parada obligada en los “fichines”. Detrás de esa postal cargada de luces y sonidos está la historia de Playland, la cadena fundada por Juan Kurhelec que pasó de ser un emprendimiento artesanal a convertirse en un referente del entretenimiento familiar en la Argentina y la región.
Hijo de inmigrantes húngaros instalados primero en Entre Ríos y luego en Buenos Aires, Kurhelec creció entre maderas y mecanismos. Su padre trabajaba fabricando gabinetes para los primeros flippers importados, y ese taller fue su escuela. Con formación técnica en electrónica y experiencia reparando equipos, comenzó a colocar máquinas en bares y estaciones de tren a fines de los años 60, armando “circuitos” que él mismo mantenía y administraba.
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El punto de inflexión llegó tras un viaje a Estados Unidos en 1969, cuando decidió apostar a un modelo más ambicioso: abrir salas propias. Los primeros locales funcionaron en la Costa Atlántica —como Mar del Plata y Santa Teresita— y en 1978 nació formalmente la marca. La expansión en la Ciudad de Buenos Aires se dio recién en los años 90, tras cambios regulatorios que habilitaron la actividad. El desembarco en shoppings marcó una nueva etapa, con espacios iluminados, seguros y pensados para el público familiar.
El crecimiento coincidió con el boom de los centros comerciales. Las máquinas que entregaban tickets, los premios acumulables y luego las tarjetas recargables consolidaron un modelo de negocio que combinó innovación tecnológica y experiencia presencial. A pesar de crisis económicas, restricciones a la importación y el impacto de la pandemia, la empresa sostuvo sus más de 30 locales en la Argentina y avanzó en Chile y Colombia —donde opera bajo otra marca por cuestiones registrales—.
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Hoy, con más de 300 empleados, la compañía atraviesa su tercera generación. Juan Kurhelec trabajó hasta después de los 90 años y mantuvo intacta su pasión por los juegos y la electrónica. Sus hijos y nietos continúan el legado en un sector que compite con el entretenimiento digital, pero que apuesta a la experiencia compartida: salir, jugar y celebrar en familia. La esencia, aseguran puertas adentro, sigue siendo la misma que en aquellos primeros flippers de barrio.
Fuente: La Nación.


