Cada 19 de septiembre se celebra el Día Mundial del Aperitivo, una tradición gastronómica basada en compartir una bebida y algunos bocados antes del almuerzo o la cena. La costumbre, históricamente vinculada a bares y cafés, recuperó protagonismo y también se trasladó a los hogares.
El aperitivo no se limita a una bebida determinada, sino que representa un momento de encuentro. El vermut es uno de sus protagonistas tradicionales y suele acompañarse con picadas, tapas u otros alimentos ligeros destinados a abrir el apetito.
Los antecedentes de esta práctica se remontan a antiguas civilizaciones como Grecia, Roma y Egipto, donde se consumían vinos aromatizados y alimentos antes de los banquetes. El vermut, tal como se lo conoce actualmente, comenzó a desarrollarse en Europa y adquirió especial protagonismo en Italia y Francia durante el siglo XVIII.
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En la Argentina, la tradición del aperitivo estuvo durante años asociada a los bares de barrio y a los encuentros familiares. Con el tiempo perdió presencia frente a bebidas como el vino, la cerveza y el fernet, pero en la última década el vermut recuperó espacio de la mano de productores artesanales y nuevas propuestas de coctelería.
El vermut se elabora a partir de vino y una combinación de hierbas, especias, raíces, plantas y flores. Puede ser tinto, blanco o rosado, seco o dulce, y suele servirse con hielo, soda o agua tónica; en las versiones tradicionales, se acompaña con una rodaja de naranja o limón.
El regreso del vermut y el crecimiento de la coctelería impulsaron una nueva etapa para el aperitivo, que volvió a instalarse como una alternativa para compartir antes de las comidas. En bares y casas, la combinación de bebida, picada y conversación mantiene vigente un ritual que atravesó generaciones.


