La inteligencia artificial dejó de ser una promesa para convertirse en una herramienta cotidiana. En apenas dos años desde la masificación de ChatGPT, su uso se expandió a ámbitos como el trabajo, la educación y la vida diaria, planteando nuevos interrogantes sobre su impacto en la forma en que las personas piensan y generan conocimiento.
En su libro Nexus, el historiador Yuval Noah Harari advierte que la IA es la primera tecnología capaz de tomar decisiones y generar ideas por sí misma, a diferencia de herramientas anteriores que siempre dependían del control humano.
Este cambio abre un escenario inédito: la IA no solo automatiza tareas, sino que también interviene en procesos cognitivos. Puede resumir textos, generar contenidos o sugerir decisiones, lo que plantea dudas sobre su influencia en la autonomía del pensamiento.
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En el ámbito educativo, su uso ya es masivo. Investigaciones académicas muestran que la mayoría de los estudiantes utiliza IA para resolver dudas, estructurar textos o generar ideas, lo que confirma su integración en los procesos de aprendizaje.
Sin embargo, especialistas advierten que este fenómeno también puede afectar habilidades clave. El uso intensivo de IA podría reducir la capacidad de análisis crítico, al delegar procesos como la interpretación, la síntesis o la argumentación.
Desde la mirada académica, el investigador Mariano Zukerfeld señala que la tecnología ya no solo reemplaza tareas físicas o rutinarias, sino también tareas cognitivas no rutinarias, como la creatividad o la generación de ideas.
Esto implica un cambio estructural: actividades que antes eran consideradas exclusivamente humanas ahora pueden ser realizadas por algoritmos, lo que redefine el rol del conocimiento y del aprendizaje.
Otro punto de alerta es la sensación de objetividad que puede generar la IA. Al no haber un sujeto que produzca el discurso, existe el riesgo de asumir sus respuestas como verdades neutrales, cuando en realidad están construidas sobre datos y criterios programados.
En este contexto, el desafío central pasa por el uso responsable. La IA puede convertirse en una herramienta que potencie el aprendizaje, pero también en un atajo que limite el desarrollo del pensamiento propio.
El futuro, coinciden los especialistas, dependerá de cómo se integre esta tecnología: como un asistente que amplifica las capacidades humanas o como un reemplazo que debilita habilidades fundamentales.
Con información de Página12


