El reciente desastre en Texas dejó al mundo conmocionado: lluvias torrenciales hicieron desbordar el río Guadalupe, que subió ocho metros en apenas 45 minutos. El saldo, hasta el momento, es devastador: 82 personas fallecidas, 41 desaparecidas y más de 850 rescatadas. Mientras tanto, las autoridades continúan con las tareas de búsqueda y rescate, en un contexto de alerta meteorológica que aún no cede.
Este fenómeno recuerda a la DANA que azotó Valencia en 2024, provocando 228 muertes y dejando miles de afectados. En ambos casos, se repiten ciertos patrones: adultos mayores y niños, los más vulnerables; alertas emitidas tarde o de forma insuficiente; infraestructuras incapaces de soportar lluvias extraordinarias, y una falta de adaptación frente a un clima que cambia más rápido de lo que se planifica.
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En Valencia, el fenómeno fue una DANA, una depresión aislada en niveles altos que se cruzó con un otoño atípicamente cálido y húmedo. En Texas, fue una tormenta convectiva típica del verano subtropical. Pero aunque las causas técnicas difieren, las consecuencias son igual de alarmantes y reflejan un patrón más profundo: la intensificación de eventos extremos como resultado de un planeta más caliente.
Un estudio internacional publicado en Science reveló que la variabilidad de las precipitaciones aumentó un 1,2% por década a nivel global. Sin embargo, en España —aclara el científico Víctor Resco de Dios— las lluvias han disminuido, aunque los suelos secos agravan el impacto cuando finalmente llueve. “Decir que el cambio climático aumenta las inundaciones es inexacto. Lo que sí hace es incrementar la intensidad de las precipitaciones”, explicó.
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Las autoridades de ambos países ahora enfrentan dilemas similares: reparar daños, contener el malestar social por la falta de previsión y pensar a futuro. Porque aunque las tormentas no se pueden evitar, sí se puede evitar que se conviertan en tragedias. Adaptarse ya no es una opción, sino una urgencia.
Fuente: nationalgeographic.
Foto: Cordon Press.


