Cada vez más personas reconocen que posponen la hora de irse a dormir aun cuando sienten cansancio. Revisar redes sociales, mirar un capítulo más o trabajar hasta tarde son conductas habituales que conforman la llamada “procrastinación del sueño”, un hábito que, según los especialistas, está impulsado por la búsqueda de tiempo personal y por el impacto de las pantallas. Esta tendencia genera una deuda de descanso que repercute tanto en la salud física como en la mental.
De acuerdo con la Fundación del Sueño de Estados Unidos, muchas personas relegan el descanso buscando una recompensa inmediata: entretenimiento, interacción social o desconexión. Para el doctor Facundo Nogueira, jefe del Laboratorio del Sueño del Hospital de Clínicas, los cambios de hábitos tras la pandemia, el estrés laboral y los tiempos de traslado prolongados contribuyeron a que la población reduzca sus horas de sueño. Actividades nocturnas como entrenamientos tardíos, trabajo en computadora o uso intensivo de redes sociales también sostienen este comportamiento.
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El psiquiatra y especialista en medicina del sueño Joaquín Diez señala que la procrastinación se alimenta de tres factores principales: la necesidad de “tiempo propio”, la influencia de las pantallas y un desfasaje entre el reloj biológico y los horarios sociales. A esto se suman investigaciones que vinculan la baja autorregulación y la ansiedad con mayores dificultades para conciliar el sueño. La consecuencia es clara: menos horas de descanso, peor estado de ánimo y más riesgo de insomnio, depresión y accidentes.
Estudios psicológicos internacionales indican que este hábito no es inocuo. La hiperexcitación física o mental —producto del ejercicio intenso, la tensión acumulada o el exceso de demandas— puede impedir la relajación nocturna. Así, la persona entra en un círculo vicioso: acumula pendientes, se estresa, posterga el sueño y duerme peor. Para romper ese patrón, los especialistas recomiendan identificar la emoción que sostiene la conducta, ya sea ansiedad, necesidad de recompensa o dificultad para desconectarse.
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La buena noticia es que el hábito puede modificarse. Los expertos proponen estrategias prácticas: regular los horarios, limitar la cafeína por la tarde, reducir pantallas una hora antes de dormir, planificar actividades placenteras durante el día y crear un ritual corto de relajación nocturna. Técnicas de meditación, estiramientos suaves, lectura ligera o una ducha tibia facilitan la transición al descanso. Un checklist antes de la cena, imaginar los beneficios de un buen sueño y activar una alarma para iniciar la “desconexión” también pueden marcar la diferencia.
Fuente: Infobae.


