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Se retiró del juego una de las grandes leyendas del deporte argentino

Emanuel David Ginóbili, se transformó este jueves por imperio de su talento, del reconocimiento de un lugar alejado de su Bahía Blanca natal como la ciudad estadounidense de San Antonio y por esa fantástica galaxia del básquetbol que es la NBA, en una leyenda viviente de este deporte que convirtió su ya histórica camiseta blanca y negra número 20 de los Spurs en un símbolo bien argentino.

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Por Edgardo Lillo.- Dijo que ya había asumido el retiro, que no era un tipo nostálgico. Le prometió a su mujer, delante de todos, que tenía, 40, 50 años para devolverle todo que el tiempo que ella relegó para que él fuera una estrella profesional.

Como todo padre, le dijo a sus tres pequeños hijos, de los que suponía que no entendían nada de lo que estaba pasando, que eran lo más importante en su vida.

Como todo buen hijo, se embargó hasta las lágrimas cuando agradeció a sus padres, a su madre porque debió entender que en vez de ser abogado, contador, médico, eligió ser jugador de básquetbol. Y a su padre, fanático de la naranja, a quien agradeció por no haber interferido nunca en sus decisiones y haberlo respaldo de manera incondicional.

Valoró a sus amigos, tres de los cuales estaban cerca su suyo y habían destacado sus cualidades profesionales, su permanente hambre de gloria, su carácter ante la adversidad y su calidad humana fuera de la cancha: «gracias por haberme hecho mejor persona», le dijo Fabricio Oberto.

Se acordó de sus otros compañeros de la Generación Dorada, un grupo que se llenó de plena felicidad con todos los logros, históricos para el básquetbol argentino, pero que en las derrotas se podían decir las cosas que lo hacían más unidos y más fuertes.

En su memoria, recorrió a todos sus entrenadores, a los coach, a los colaboradores e integrantes de los cuerpos técnicos.

Hubo un agradecimiento recíproco de su «padre deportivo», Greg Popovich, que cerró con la frase «te amo Manu» antes de ponderarlo como un tipo de otro planeta.

Agradeció al público de San Antonio, por haberle dado una vida en la ciudad que desconocía completamente y que lo adoptó como propio. Dijo que sentía ganas de estrecharle la mano a cada uno de ellos.

A la gente de su país por trasnochar para ver un partido de NBA, cuando pocas horas después iba a sonar el despertador y había que ir a trabajar. «Por saltar en el sillón, por festejar a rabiar, por los mensajes, por el apoyo que siempre se sintió en las redes sociales».

El punto culmine fue el descubrimiento en un alto del Estadio AT&T Center de San Antonio de la camiseta Nº 20, la novena en la historia que la franquicia retira para reconocer a sus leyendas. Quedó al lado de Tim Duncan, su compañero de grandes batallas, amigo, y tal vez la estrella máxima en la historia de los Spurs. Pero también cerca de la de otros ídolos, como el Almirante Robinson.

El problema no es «Manu», el problema somos nosotros. Nosotros, que no nos vamos a olvidar jamás como, cayéndose, convirtió el doble del título olímpico en Atenas 2004.

Nosotros, que todavía estamos reclamando la falta que hubiera forzado el suplementario ante Yugoslavia, en la final del Mundial de Indianápolis.

El problema es que podrían pasar siglos hasta que otro célebre basquetbolista argentino gané cuatro anillos de la NBA. Uno era histórico, dos eran monumentales; tres, increíble; y cuatro, sencillamente monstruoso. Nos acostumbramos a la sigla MVP, el jugador más valioso de una serie final, como si fuera un «corner» o un «foul».

Nos mal acostumbramos a que Argentina, con él y el resto de la Generación Dorada, era candidata a pelear cosas importantes. Quedamos tan anchos cuando le ganamos a un equipo de Estados Unidos con todos jugadores NBA.

El problema es que ver un partido de San Antonio sin Manu no tendrá casi sentido, será un aburrimiento. El problema es que no vamos a tener la posibilidad de disfrutar de una nueva alegría, en medio de tantos sinsabores.

Tal vez el tiempo nos saque las dudas si es una de las glorias del deporte argentino, como Fangio, Vilas, Maradona, De Vicenzo, o si tal vez es la más importante de todas.

«Manu» será siempre «Manu», aunque seguramente lo veremos como un mortal más, mezclado entre la gente común. Caminando con su esposa Marianela, de la que se enamoró a los 20 años, y que se gastó una buena cantidad de pañuelitos de tanto derramar lagrimas de emoción en la despedida oficial de su marido.

El tiempo le dará verdadera dimensión a los proezas de un tal Ginóbili, ese pibe que forjó estadísticas impresionantes en la Liga Nacional de Básquetbol antes de dejar huellas imborrables por Italia y recalar en el Planeta de la NBA.

Se retiró el jugador, y ahora, caminará por la calle una leyenda. El problema será llenar el vacío en una tribuna o frente al televisor, el problema es que ya no estará en cancha el hombre aliado de la gloria. Sin dudas será un problema, pero al mismo tiempo un recuerdo infinito…

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