El árbol de Navidad, uno de los símbolos más reconocidos de estas fiestas, tiene un origen que se remonta a más de doce siglos atrás, cuando un misionero inglés conocido como Bonifacio impulsó en Alemania un cambio cultural y religioso en pleno solsticio de invierno.
Bonifacio reemplazó el culto pagano a Odín y al roble sagrado por la celebración del nacimiento de Jesús, promoviendo el pino como nuevo símbolo espiritual, adornado con manzanas que representaban el pecado original, en contraposición a las antiguas ofrendas celtas y sajones.
La tradición de iluminar el árbol llegó tiempo después de la mano de Martín Lutero, quien incorporó velas al pino navideño inspirado por el brillo de las estrellas entre las ramas, asociando la luz con lo divino y lo espiritual.
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Con el paso del tiempo, la costumbre fue resignificada, especialmente en países del hemisferio sur como Argentina, donde la imagen del pino nevado y el Papá Noel abrigado contrasta con las altas temperaturas propias de diciembre.
Hoy, los árboles navideños —naturales, artificiales o incluso de materiales alternativos— se transformaron en objetos decorativos cada vez más recargados, alejados del simbolismo original y dominados por luces, ornamentos brillantes y una estética comercial.
Algo similar ocurre con la figura de Papá Noel, un personaje que, según el antropólogo Claude Lévi-Strauss, evolucionó desde la celebración de San Nicolás hasta convertirse en un mito moderno que simboliza la autoridad bondadosa y la recompensa al buen comportamiento infantil.
Fuente: Diario Hoy.


